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| Bécquer retratado por su hermano Valeriano / Foto: Wikimedia Commons |
Gustavo Adolfo Bécquer ha pasado a la historia de la literatura como escritor y poeta, como el autor de las Leyendas y las Rimas. Su historia, o la historia que siempre se recuerda de él, tal como la definía Gregorio Marañón Moya, es la de “un hombre pobre; un pobre enfermo; agraciado en la amistad; desgraciado en amores; funcionario fracasado y expulsado de sus empleos, y, en fin, poeta desconocido de su tiempo”. Pero lo que siempre fue, y ya casi no se le recuerda, es periodista.
Bécquer fue un periodista de
vocación, un periodista
de oficio, de la calle. Un cronista social que además escribió versos.
Sintió esa profesión como propia, a ella se entregó, y dedicó todo su empeño.
No entró en el periodismo de puntillas como opción desesperada para ganar algo
de pan que llevarse a la boca, ni lo utilizó como plataforma de ascenso a la
carrera política, como era habitual entre quienes dirigían los periódicos de la
época. Bécquer fue un periodista completo, que recorrió todos los escalones
empezando como redactor, pasando a ser cronista y llegando a director.
Sus primeros pasos los dio en El
Mundo y en El Porvenir, dos experiencias que
suponen su primer acercamiento a los medios. Posteriormente, junto a un grupo
de amigos fundó una revista, La España Artística y Literaria,
que si bien fracasó ante la escasez de beneficios, aportó un proyecto juvenil,
rebosante de vida y de ilusión. Llegado a este punto, lleno de ganas pero vacío
de dinero, ingresa en El Contemporáneo, donde desarrollará
en plenitud su labor como cronista social.
El
Contemporáneo, era un
periódico de carácter político y conservador, a cuya redacción se incorporaron
un grupo de escritores, como Juan Valera y el propio Gustavo
Adolfo. Los escritos literarios nutrían al periódico enriqueciendo sus
páginas, pero Bécquer no lo utiliza como un medio para
ganarse fama de escritor. Desarrolló su trabajo de cronista social
acudiendo a las fiestas y eventos de Madrid, moviéndose entre los grandes
bailes; describiendo cada pliegue de los vestidos, porque además de periodista,
era un modisto más. Los lectores, y las lectoras, estaban deseando conocer
quién era la mujer mejor vestida; ansiaban conocer cada mínimo detalle de los
atuendos -algunos de los cuales habían sido preparados durante horas- buscando
ser la mujer que destacase por su belleza en las crónicas del día después.
Pero aparecer en las páginas del
periódico y ser la envidia del resto de la ciudad no dependía de ellas, sino
del periodista que se encargara de escribir. Y por ello les buscaban. Y se
intentaban ganar su favor. Y ahí estaba Bécquer.
Y aunque puede sonar muy bien
desempeñar su trabajo yendo a fiestas, a bailar, pasándolo bien y codeándose
con la alta sociedad, no era un trabajo sencillo, ni siquiera
agradecido. Emilia Pardo Bazán lo consideraba un trabajo peligroso, y que
requiere de cierta gracia en la palabra. Al periodista de actos sociales hay
que saber leerlo, pues “dice más entre líneas y por lo que calla”.
El cronista social dice más entre líneas y por lo que calla, que por lo que
realmente relata”
Los textos periodísticos de
Bécquer no están exentos de valor literario y no se pueden disociar de su
vertiente como escritor de poemas y de narrativa. Tiene un valor literario porque comienza con
reflexiones en las que proyecta su ‘yo’ personal para dejar paso a los
acontecimientos que ha vivido. En su crónica ‘El Carnaval’, se plantea la
fugacidad del tiempo; la juventud perdida. Se permite incluirse en el texto, a
veces sin querer, a veces queriéndolo. Otras incluso pidiendo perdón por ello,
pues en ‘Historia de una mariposa y una araña’ no escribe para informar,
escribe para desahogarse, para redimirse y exculparse.
Sus crónicas fueron valoradas en
la época, pero sus escritos literarios pasaron desapercibidos. Así como la
prosa, no las firmó. Y cuando en el día de Nochebuena de 1870, ese hombre,
aquejado de gripe muere en Madrid, al día siguiente no se publican
en los diarios, su gran pasión, más que dos líneas de su viaje eterno. Bécquer
vivió una vida de periodista. Y fue periodista. Un periodista, que además
escribió versos.







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